¿Cuándo fue la última vez que algo te sorprendió de verdad?
- Javier Alonso López Chávez

- 30 abr
- 3 min de lectura

Hay una escena que probablemente recuerdas, aunque no sepas de dónde. Un niño parado frente a algo —una fuente, un perro grande, un globo que sube— con la boca entreabierta y los ojos quietos. Por un momento no se cuestiona nada aún, está, simplemente, frente a algo que no anticipó.
Hoy es el Día de las Infancias y quiero escribir sobre esa escena. No sobre los niños: sobre lo que esa escena nos dice de nosotros, los adultos, que ya casi no la habitamos.
Solemos contarnos una historia cómoda: que el asombro se pierde con la edad, que es natural, que crecer implica acostumbrarse al mundo. Es una historia falsa. El asombro no se pierde por crecer. Se pierde por sobreexposición.
El algoritmo te entrena para no sorprenderte
Piensa en la última vez que viajaste a un lugar nuevo. Antes de llegar ya habías visto el hotel en cincuenta reels, el desayuno en treinta TikToks, el atardecer en cien fotos de Instagram. Cuando finalmente pisaste el sitio, no estabas descubriéndolo: estabas verificándolo. Comparando lo que veías con lo que ya habías visto en pantalla. Eso no es viajar. Eso es confirmar.
Lo mismo pasa con las películas (ya viste el tráiler, el behind the scenes, el análisis del youtuber, la review en TikTok), con los restaurantes (ya viste el plato emplatado, ya leíste las reseñas, ya sabes qué pedir), incluso con las personas (ya stalkeaste su Instagram antes de la primera cita).
El algoritmo nos entrena en algo muy específico: la anticipación constante. Y la anticipación es exactamente lo opuesto al asombro. No te puedes asombrar de algo que ya viste mil veces antes de verlo de verdad.
Han y la transparencia que mata
Byung-Chul Han, un filósofo que insiste en pensar lo digital con la cabeza fría, lo dice más o menos así: cuando todo se vuelve visible, nada puede revelarse. La revelación necesita un velo. El asombro necesita que algo no estuviera a la vista.
El niño se asombra porque vive en un mundo donde todavía hay velos. No ha visto la fuente. No ha visto el perro grande. No ha visto el globo subir. Cada cosa, para él, todavía puede ser otra cosa.
Tú y yo vivimos en un mundo sin velos. Todo está pre-visto. Pre-mostrado. Pre-digerido. Caminamos por la vida como quien revisa una lista de cosas que ya conoce.
Walter Benjamin lo intuyó hace casi un siglo, antes de TikTok y antes de Instagram: la imagen reproducida de algo le quita su aura. La diferencia es que él hablaba de cuadros y reproducciones en serie. Nosotros vivimos esa pérdida del aura aplicada a todo lo que existe. Tu boda. Tu casa. Tu cuerpo. El parque de tu colonia. El restaurante de la esquina. Todo ha sido fotografiado, viralizado, comprimido en quince segundos antes de que lo vivas.
La infancia no es una etapa, es una postura
Aquí es donde la fecha de hoy importa, y no como cliché. La infancia no es algo que dejamos atrás cuando cumplimos dieciocho. La infancia, entendida bien, es una relación con lo no-anticipado. Una manera de pararse frente al mundo sin haberlo googleado primero.
Y esa postura sí se puede recuperar. No volviendo a ser niño, eso es imposible y además medio triste como aspiración. Sino dejando, a veces, de anticipar.
Dejar el celular cuando llegas a un lugar nuevo y verlo antes de fotografiarlo. No leer la sinopsis de la película. No revisar el menú online antes de entrar al restaurante. No stalkear a la persona antes de la cita. Cosas pequeñas, casi ridículas, que se sienten como si te estuvieras saltando un paso obligatorio. Y lo son. Te estás saltando el paso de pre-vivir las cosas.
Lo que recuperas cuando lo haces no es la inocencia. Es algo más útil: el espacio mental donde puede ocurrir una sorpresa. Ese espacio que el niño tiene por defecto y que el adulto digital tiene que defender activamente, porque hay una industria entera dedicada a llenarlo de previews.
El regalo invisible
Hoy, mientras felicitamos a las niñas y los niños, vale la pena recordar que su mayor capacidad —esa que envidiamos cuando los vemos asombrarse con cosas que para nosotros ya son invisibles— no es un don biológico que se evapora con la edad. Es una postura frente al mundo. Una postura que el algoritmo nos quita todos los días, en silencio, sin pedir permiso.
La buena noticia es que esa postura se puede practicar. La mala es que requiere algo que casi nadie quiere hacer: aceptar no saber lo que va a pasar.
¿Cuándo fue la última vez que algo te tomó por sorpresa de verdad? No "me sorprendió" en sentido figurado. Sorpresa real. Esa que te deja medio segundo sin saber qué cara poner.
Si tienes que pensar mucho la respuesta, ya sabes lo que el algoritmo te robó.
Mtro. Javier Alonso López Chavez
Psicólogo | Gestor Cultural | Consultor en Comunicación



Comentarios